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1980

 

Título: 1980

Autores: Juan Manuel Bonet, Ángel González García y Francisco Rivas

Publicación: Tríptico Exposición 1980

 

 

Reunir a diez pintores bajo la emblemática advocación de una nueva década, y aprovechar tal ocasión para suscribir un texto colectivo como éste que el lector tiene ante sus ojos, son gestos que poco tienen que ver con lo que en España se espera de la crítica de arte. Si al firmar prólogos una gran mayoría de críticos sacrifican ante todo a la elegancia social de la conveniencia, nosotros nos reclamaríamos más bien de otra tradición, poco practicada por estos lares; la de firmar, no ya un simple texto, sino una exposición como totalidad.

 

Firmando 1980, lo que deseamos subrayar es el carácter estratégico y saturado de sentido de esta muestra. Tras varios años de apostar fuerte por una serie de nombres, ¿tiene algo de extraño el que estemos con ellos en el ruedo expositivo? Sencillamente, doblamos la apuesta; actuamos aún más claramente que de costumbre, en favor de los objetivos de siempre. No seríamos tan tajantes, si no estuviéramos convencidos de que, como decía Eugenio d’0rs presentando un Salón de los Once, nuestra victoria –la de la pintura que merece la pena– si no “asegurada”, es ya “extensa”, es decir, añadimos nosotros, “intensa” e “irreversible”.

 

Liquidando el capítulo de aclaraciones previas, resulta obvio que no es ésta una exposición de grupo, ni mucho menos de tendencia. Nuestra lista ni es cerrada ni pretende agotar el tema. Por motivos de espacio han quedado fuera varios nombres que cuentan, y con los que por supuesto habrá que seguir contando. Las prácticas artísticas no estrictamente pictóricas han quedado excluidas, por razones de coherencia interna; cabe decir lo mismo de algunos pintores importantes, que entraron en escena en los sesenta, maduraron plenamente a lo largo de la década que ahora se cierra, y son ya valores suficientemente reconocidos.

 

Aquí y ahora, esta exposición no es a la postre sino un muestrario representativo de lo que va a ser la pintura de los ochenta en nuestro país. Todos los nombres seleccionados pertenecen a una misma –y nueva– escena artística; han ¡do despuntando en las últimas temporadas; han celebrado excelentes exposiciones individuales; han madurado mientras otros se estrellaban. En una palabra suenan fuerte en los círculos más avisados y despiertos. Ahora se trata de saber si un público más amplio –las galerías, los museos, los coleccionistas más inteligentes– está dispuesto a prestarles un apoyo que hasta ahora, en gran medida, ha venido escatimándoles.

Los mentideros artísticos parecen muy preocupados por la crisis y «I estreñimiento del mercado. Parecen olvidar sin embargo, que las crisis sólo son superables excitando al mercado, provocándolo si es necesario. Los pusilánimes optan por el encogimiento; allá ellos. Pero ahora, más que nunca, es necesario dar pasos hacia adelante y arriesgarse.

 

Se respira, también en los mentideros, no poco desconcierto ante la actual dispersión del panorama artístico. Hay que estar ciego, sin embargo, para no darse cuenta de que, bajo el aparente desencajamiento, tras la disparidad de propuestas y discursos, por encima de la mediocridad casi general de dos décadas, las cosas poco a poco han ido centrándose. Esta exposición quiere ser una prueba de la realidad nuevamente excepcional de nuestra pintura. Aquí están ante ustedes –parafraseamos otra vez a Eugenio d’Ors– buena parte de las estrellas anunciadoras, ya que no los honores ni las fianzas debidas. Y este es un aspecto sobre el que quisiéramos hacer especial hincapié, pues ahora que afortunadamente no está de moda el arte político, es urgente replantear la política del arte; ahora que la política no se hace en la tela, es urgente replantear la política que se hace en la entretela.

 

Estamos convencidos, de que, de contarse con el apoyo adecuado, los ochenta van a constituir en la historia de nuestra pintura moderna un hito tan brillante por lo menos como lo fueron los cincuenta, de cuya herencia y restos de serie seguimos viviendo. Hoy parecemos empeñados en olvidar la parte política que hizo posible aquel feliz momento. Las circunstancias eran sin duda mucho peores, pero el tino de un puñado de personas (críticos, galeristas, funcionarios oficiales) que apostaron por diez o doce artistas indiscutibles hizo posible que el arte español alcanzara su más alta cota en lo que va de siglo. Hoy, salvando las distancias, las circunstancias no son muy distintas. Sólo falla la parte política. Ninguno de estos diez pintores que hemos elegido está aún representado en el Museo Español de Arte Contemporáneo, ninguno ha sido jamás seleccionado para Bienales Internacionales, ninguno ha podido mostrarnos las grandes exposiciones de que es capaz, ninguno cuenta con monografías ni estudios importantes, la mayoría apenas puede vivir de su obra, y hay hasta quien –¡a estas alturas del siglo!– hace figura de auténtico “maldito”. Con esta exposición, quisiéramos forzar, en lo poco que a nosotros cabe, un cambio en tal estado de cosas. Pues cuando un país tiene la suerte de contar con excelentes pintores, y no los apoya todo lo debido, está contribuyendo a la asfixia.

 

Desde un punto de vista estrictamente pictórico, esta muestra hubiera sido impensable hace tan sólo unos años. Atrás han ido quedando, por fortuna, resabios teóricos y estériles sectarismos. Hoy, esta confrontación de trabajos tan diversos resultan no sólo lógicas, sino necesarias. Al espectador sensible no le será difícil darse cuenta de que estos pintores se inscriben en un paisaje común; de que muchos de ellos, al margen de las diferencias formales, comparten un mismo clima. El paisaje y los climas más cálidos y más frescos que ha conocido nuestra cultura en muchos años. Un paisaje abierto, aunque afilado; nítido, aunque permeable; ante el que sólo funciona un criterio el de la calidad; y del que sólo van quedando excluidas las medias tintas.

 

Por último, señalar que no es indiferente el que los ochenta empiecen en la Galería Juana Mordó, institución pionera y representativa de todo una época. Al dar cabida a estos nombres, Juana Mordó arriesga, por lo menos, tanto como los otros, al firmar la exposición. Señala, como gesto decidido, su voluntad de dar paso a lo nuevo, y de marcar, una vez más el camino. El “por aquí pasa” a menudo utilizado por nosotros ante obras particularmente fuertes y definitorias, también vale aquí, hoy, como testimonio de que una galería pionera vuelva a las andadas.