This section offers a selection of publications related to the exhibitions program linked to the phenomenon of Post-conceptual Figuration, accompanied by a data sheet and a selection of published texts, accessible via an alphabetical search. The addition of new contents will be on-going.

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EL TIEMPO DETENIDO QUE HUYE DE TENER

 

Título: El tiempo detenido que huye de tener

Autor: Pérez, David

Publicación: Catálogo de la exposición Marcelo Fuentes. Ciclo visiones sin centro.

 

 

 

“¿Qué hay en el fondo de las casas,

de las casas sin nadie?

¿Hay un silencio humilde?

¿hay un éxtasis delicado?

¿hay un fervor oculto que no grita?

¿Y qué respiración hay que se escucha?”

(César Simón)

 

En ese libro de lentos desplazamientos que se construye en torno a la escritura de Tropismos, Nathalie Sarraute hace referencia en uno de sus capítulos a unos ancianos, “completamente gastados”, que durante las tardes de primavera, “ahora que la juventud había pasado, ahora que las pasiones se habían termina­do”, solían aposentarse en un café. Esto sucedía habitualmente poco antes de irse a dormir, lo que permitía que pudieran charlar de sus cosas durante cierto tiempo mientras asistían al paralelo declinar del día, un declinar que, sin duda, también reflejaba de una manera metafórica el de la propia vida. Tras elegir con numero­sas precauciones el lugar propicio, “aquí no: está en una corriente, ni allí: justo al lado de los lavabos”, tomaban asiento dejando escapar una “especie de suspiro seco” que parecía el sonido provocado por un crujido. Un sonido que “Ileno de resignación”, también lo era “de alivio”. “¡Ah, esos viejos huesos!”, decían, “nos hacemos viejos.”

 

Y, en efecto, así era. Se habían hecho viejos. Debido al tiempo. También a sus crujidos. Aunque ignoraran cómo.

 

Sin embargo, a pesar de esta circunstancia tan obvia como inevitable o, mejor aún, debido a la misma, la conciencia suscitada por lo que puede ser califi­cado como el dolor del tiempo —ese cansancio que de un modo parasitario se adhiere a la piel ajada del propio transcurso—, les hacia particularmente sensibles o, si se prefiere, porosos y transparentes (“El cansancio —nos recuerda Handke— ­abre, le hace a uno poroso, crea una permeabilidad para la epopeya de todos los seres vivos”1) a ese algo indefinible e insustancial que únicamente puede ser con­cebido como todo, si es que en verdad es tornado como nada.

 

Sentados en la sala del café bajo la dureza de “un brillo sucio y frío”, los ancianos descritos por Sarraute tan solo eran depositarios de un parco conoci­miento: sabían que se habían viejos, que ya lo eran, aunque saberlo no les Ilevara a pedir nada más... Curiosamente, vivir en este saber vacío de exigencias o, si se prefiere, asumir la conciencia de la finitud menguante que acompaña a esa inevi­table certidumbre, les empujaba a un particular tipo de experiencia: “Lo sabían, no había que esperar nada, pedir nada. Así era, no había nada mas, era eso, vida». Nada más, nada mas, aquí o allí, lo sabían ahora. No había que rebelarse, sonar, esperar, hacer esfuerzos, huir, había que elegir atentamente (el camarero esperaba), ¿una granadina o un café?, ¿con leche o solo?, aceptando modesta­mente vivir —aquí o allí— y dejar pasar el tiempo.”2

 

Y es que ahí se hallaba la cuestión. En el dejar. En ese dejar pasar el tiempo. Aceptando la modestia del hecho... Puesto que con excepción de ello, no había —no hay—otra cosa.

 

Desde esta perspectiva, todo el texto de Tropismos constituye una invitación a ese temporal transcurso, a ese lento goteo de la escritura. Esta se desplaza como una niebla dormida a través de escenarios diferentes, recorriendo instantes varia­dos, perfilando en vano sombras que se diluyen en su huida. Al final del trayecto emprendido tan solo quedan momentos sin nombres, figuras sin rostro, instantes sin tiempo... Acaso resida aquí el principal interés del texto, un interés que, tal y como hemos apuntado, permite que se extienda solicita la caída pausada de la escritura y que la misma se desenvuelva en un aleatorio transcurso.

 

Gracias a ello, podemos seguir, todavía ahora, el sonido de la campanilla del té de las cinco, el deambular del rostro inmóvil de la cocinera, la mirada de la niña con el delantal negro de alpaca, el roce de la mano sobre la columna del aparador, el silencio amenazador que alguien teme desgarrar mientras se agazapa tembloro­so en el borde la cama... Retazos, en suma, de unos instantes que vacíos conflu­yen en el mosaico de una imposible totalidad y que cansinos escriben el paso de un tiempo en el que, despojados de todo, también olvidados, envejecemos. Lenta­mente. Al igual que ancianos sentados en la mesa de un café. Lo mismo que edifi­cios abandonados en medio de una gran ciudad. Como suspiros. Como anhelos inacabados. Resignándonos a la vida que a entrecortados sorbos se bebe y a esa muerte que ansiosa quiere colonizarlo todo. Resignados a ello. Si. Pero también aliviados. Aliviados de sentir que todavía sentir se siente. A pesar de que lo senti­do sea, en demasiadas ocasiones, el tiempo. Y sus crujidos. Esos crujidos que amueblan de gemidos la oscuridad. La noche y el amanecer. También el día.

 

Lo que en su fondo el tiempo acumula son gemidos irrepetibles. Gemidos de placer y de dolor. De angustia. También de debilidad. Gemidos de abandono y de abrazos. De huesos quebrados. De memorial que se pierden. De voces que se des­vanecen... Gemidos que nos alivian del inabordable peso de la eternidad. De una eternidad en la que la sinrazón prosiguiera. Con perversa y metódica insistencia. Con catódico enloquecimiento. Oprimiéndonos mediante la pegajosa densidad de una temporalidad siniestra. Terriblemente siniestra. Una temporalidad construida con saetas de movimientos múltiples y descompasados. Con insonoras campanadas de hielo. Con recurrentes imágenes muertas, ya irrecuperables, plenamente vacías.

 

Sin embargo, no hay que engañarse. El tiempo no solo acumula gemidos. También edifica con destreza despojos. Restos de lo que fue. De lo que será. Acaso los trazos y las huellas de una suspensión. De esa lenta suspensión en la que se intuye, paralizada, la inútil agitación de todo aquello que nos concierne. De todo lo que nos habita. A veces con fascinación o sorpresa. Otras con dolor o des­concierto. Haciéndonos sospechar, en cualquier caso, que —de haberla— nuestramisión, tal y como barruntaba Cioran, no es otra que “rozar el polvo en busca de un misterio carente de seriedad”, un misterio en el que “todo es bluff, bluff gene­rador de suplicios”3. Si, de suplicios. De perplejos suplicios.

 

Y en este juego, precisamente, nos hallamos. Perdidos. Titubeantes. Dentro del laberinto de su interior. Permitiendo que el tiempo acurruque gemidos. Escu­chando crecer los residuos. Observando ciudades sin vida, desiertas. También des­nudas... Habitándolas...

 

Habitándolas, si. Siquiera sea durante unos instantes... Y haciéndolo a tra­vés de obras como las de Marcelo Fuentes. Unas obras que en silencio recogen los aparentes fragmentos de un paisaje urbano en el que no se habla de ciudades. Ni tampoco de edificios... Porque de lo que en verdad se habla, de lo que se pinta, es de ese tiempo que helado detiene el tiempo sin poderlo tener. Un tiempo que resul­ta anómalo. Incomodo. Concebido no tanto como un molesto contratiempo, sino como una punzante carga de profundidad, como un argumento que contundente se rebela contra el propio tiempo. Contra ese tiempo auspiciador de una mirada ciega que desbocada, voraz, acaso muerta, es lanzada a la vorágine del reclamo permanente del consumo. De la caducidad.

 

Pero todo es duda. E inseguridad también... A pesar de ello, la pandemia es irreversible. Carece ya de resquicios, de fisuras, de débiles flancos. Y se encuentra plenamente generalizada, mostrándose inmune a cualquier tipo de ataque. O de pausa. Lo que provoca que la videopatía, esa invidencia de la polisemia visual que se sustenta en la aceleración icónica de la nada, no haga más que extenderse. Mutilando la visión. Cercenándola. Con la adherente insistencia de una marea negra. Con la atroz invisibilidad de una nube toxica. Ocupando con su vacío de engaños lo que antaño estuvo rebosante de un tiempo que no podía ser ni dicho ni contado. Puesto que contar el tiempo es cortar la vida. Y cantar la muerte. Acor­tando lo visible. Dejando recortado lo vivible.

 

De este modo, y así ha sido escrito en numerosas ocasiones, al ver mas, vemos menos. Lo que nos lleva a constatar la cruel paradoja de la enfermedad. De la muerte. De una vida reducida al incomprensible requerimiento de la urgencia de una visualidad agotada. Agotadora. También estéril. Al igual que cuando en las pesadillas en las que huimos, una angustiosa pesadez nos sumerge en una plúmbea parálisis. Una parálisis que convierte los pasos en hielo. En blanco hielo... Un blanco tan nítido como hacia el que apunta con desesperada obstinación esa otra parálisis, la de ahora. La de hoy. Esa parálisis que posee un blanco diferente, una nueva diana que reduce la mirada a un solitario y persistente piano. Un piano cuyo recurrente objeto es la transformación de la misma en plomo, en parpadeante y luminoso plomo.

 

La biodiversidad, por tanto, se encuentra constreñida. Circunscrita de una manera reductora a la videodiversidad publicitaria de lo idéntico. Al empobreci­miento programado del desgaste semántico. A la regulación unificadora de las nece­sidades contracomunicativas que alberga el modelo mediático, ese modelo de pensamiento icónicoúnico en el que solo hay nada, puesto que solo hay tiempo. Des­plazándose. Sin cesar. Sin verdadero sentido. Tampoco sin anomalías. Un tiempo que canta la muerte, contando lo que puede ser visto. Coartando, por ello, la vida.

 

Cada día, hemos dicho —y es necesario volverlo a repetir— resulta mas difícil ver. No se trata de intentar recuperar espacios o de regenerar tejidos. Esto ya no es posible. Tampoco se trata de multiplicar las posibilidades visuales. El pro­blema es fundamentalmente otro... Antes —aquí mismo— se ha escrito que la cuestión se hallaba en dejar. Lo que entonces se dejaba pasar era el tiempo... Sin embargo, en el actual contexto, dejar supone un modo de entender la reducción.

 

El problema, por tanto, lo encontramos ahora ahí. En reducir. En reducir el vacío que se oculta tras la proliferación de la nada... Ahí están, por ejemplo, esos edificios a los que antes aludíamos. Edificios que no eran edificios, sino argumen­tos, razones. Exploraciones sobre que es lo que puede suceder cuando contar desaparece. Cuando el tiempo ya no suma y descontado queda. Ahí están, deci­mos, esas arquitecturas desnudas, precarias, imprecisas. Construyendo una gramática de ecos urbanos que se debate contra las imágenes, enfrentándose a la instauración de la temporalidad. Invitando, pues, a otra cosa mas lejana, también mas certera. Acaso a la mirada que puede sin tiempo ver.

 

Y también estar.

 

Lo visto en este caso —y así ha quedado escrito— no son edificios. Ni frag­mentos metropolitanos. Tampoco sueños de una abandonada urbe. Lo entrevisto, acaso, si que pueda responder a ese esquema. Pero, lo visto, por el contrario, no... Lo visto es pintura. Pintura tan solo. Una pintura que huye de la imagen y que al hacerlo rehuye el tiempo.

 

Observando la misma se puede pensar que cualquiera de los signos del tiem­po resta en ella congelado. Al igual que pasa con la fotografía, esa mirada hecha de índices que hiere la Sangre porque hiela la luz, dejando a esta detenida y sin vida, en suspenso y sin aire. Y es que como apuntó Barthes, la fotografía no dice lo que ya no es sino lo que ha sido, transformándose de este modo en el sustituto moderno del monumento, en el imprevisto discurso de lo mortal: “Ahora se que existe otro punctum (otro ‘estigma’) distinto del ‘detalle’. Este nuevo punctum que no está ya en la forma, sino que es de intensidad, es el Tiempo. Es el desga­rrador noema (`esto ha sido’), su representación pura [...] Ante la foto de mi madre de niña me digo: ella va a morir [...] Tanto si el sujeto ha muerto como si no, toda fotografía es siempre esta catástrofe.”4

 

Muerte. Pero también convulsión. La fotografía acaricia el desastre porque, convertida en metódico sastre del tiempo, actúa como perverso índice de una compostura desgarrada que se sabe caduca... De un modo paralelo, con similares agujas a las empleadas para hilvanar la mortaja que a la vida se adhiere, quedan cosidos los lienzos de Marcelo Fuentes, unos lienzos de aparentes zurcidos foto, gráficos que, en verdad, huyen de estos porque descosen la muerte. Dejándola con extremada parsimonia desasida, sin nudos, con vida. De ahí que en estas obras en las que el papel convida al lápiz y al carbón mientras la tela invita al óleo, no haya resquicio posible para ese lacerante trampantojo temporal que en la fotografía anida. Y no lo hay no solo por diferencias técnicas, sino por la presencia de una diferida mirada que, alejada del instante, suscita la posibilidad de una lectura que sea capaz de ahuyentar la muerte.

 

Desde esta perspectiva, al utilizar la helada detención que la fotografía aus­picia, nos enfrentamos a un discurso despojado de tiempo en el que solo pervive, anestesiado, un presente de ausencias, un ahora extendido. No es, pues, la imagen de lo que ha sido lo que aquí se recoge, sino la huella de aquello que está siendo o, mejor la presencia de aquello que solo es estando... Y lo que está, no lo olvidemos, es siempre una fuga, un escape, un intervalo. La posibilidad de un transcurso desgajado de temporalidad. La necesidad de un silencio suspendido. La inevitabilidad de un gemido que, sin movimiento ni aceleración alguna, reco­rre el espacio sin nombre que separa el ayer y el mariana, ese espacio vacío que creemos llenar de realidad y que responde a la verdad del amargo trampantojo mediático.

 

Al respecto, establecía César Simón en uno de sus últimos poemas, La película familiar, una necesaria y cada vez más ineludible contraposición, la que se sustenta en la relación existente entre la pintura y la apariencia, entre la imagen y la verdad:

 

“La pintura es mas vida y menos vida;

es mas eterna, mas profunda;

la imagen, al contrario, mas efímera,

aunque es más vida, pues es sólo la vida,

las apariencias engañosas,

el instante que pasa, únicamente.”5

 

Paradójica afirmación la que aquí se constata. Sin embargo, no importa ahora que en algún momento se haya experimentado que el instante fugitivo duele, que lo que la imagen alberga permanece mas mortalizado que inmortaliza­do, que la profundidad solo se halla en la piel, que lo mas vivo no es lo mas apa­rente, que el silencio requiere de palabras para ser dicho, que la muerte únicamente vive en el tiempo.

 

No importa nada de eso. Ya lo hemos dicho. Nada. Lo que ahora toma cuer­po en el espacio pictórico es otra apreciación. Tan sólo, acaso, una sospecha. Llena de contradicciones. De temblores provocados por un tiempo del que ignoramos su auténtica naturaleza. Su sentido. Un tiempo que ya no fluye en una sola dirección, sino que se adensa y se espesa, se traba y se ensancha. Abriendo nuevas vías. Bur­lando el suceder cronológico. Entrecortando la vida y paralizando la muerte.

 

Porque esta pintura, estos intentos de deconstruir la mirada construyendo la pausa, trazan en última instancia una activa poética de la suspensión. En la que todo yace en vigilia. Expectante, aunque también en reposo. Bajo el silente, pero siempre tenso influjo de un mediodía iluminado por soles eternos. Imborrables. Reacios a que planeta alguno pueda girar en torno a ellos. Puesto que nada, en verdad, es ya veloz. Puesto que todo reposa detenido. Con inteligencia. También con fascinación... Y es que, según se recoge en los Tropismos, la “suprema comprensión”, la “verdadera inteligencia” es eso: “No emprender nada, moverse lo menos posible, no hacer nada. Todo lo más [se puede], procurando no despertar a nadie, sin mirarla, bajar la escalera oscura y muerta, y avanzar a lo largo de las aceras, a lo largo de las paredes, sólo para respirar un poco, para concederse un poco de movimiento, sin saber hacia dónde se va, sin querer ir a ningún sitio, y luego volver a casa, sentarse al borde la cama y de nuevo esperar, acurrucado, inmóvil.”6 Al igual que sucede con los edificios. O, mejor aún, con las piedras.

 

1 HANDKE, Perer, Ensayo sobre el cansancio, Madrid, Alianza Editorial, S.A., 1990, p. 67.

2 SARRAUTE, Narhalie, Tropismos, Barcelona, Tusquers Editores, 1986, p. 98.

3 CIORÁN, Emil M., Ese maldito yo, Barcelona, Tusquets Editores, 1987 (1995, 3ª ed .), pp. J 11 y 160.

4 BARTHES, Roland, La cámara ltícida. Nota sobre fotografía, Barcelona, Paidós, 1990, pp. 149 y 164-165. En este ensayo, tantas veces citado, el escritor francés apunta asim ismo (p.160): “Todos estos jóvenes fotógrafos que se agitan por el mundo consagrándose a la captura de la actualidad no saben que son agentes de la Muerte [...] Porque la Fotografía debe tener, históricamente, alguna relación con la «crisis de muerte» que comienza en la segunda mitad del siglo XIX [...] Es necesario desde luego que, en una sociedad, la Muerte esté en alguna parte; si ya no está (o está menos) en lo religioso, deberá estar en otra parte: quizás en esa imagen que produce la Muerte al querer conservar la vida.”

5 SIMÓN, César, Templo sin dioses, Madrid, Visor Lib ros, 1997, p. 75.

6 SARRAUTE, N., op. cit., pp. 33-34.